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DAVID Y GOLIAT: Martín Onti

Cuenta la Biblia que había un joven pastor llamado David y un gigante que se llamaba Goliat, este creía que con su fuerza podía abusar de todos y que nadie podría vencerle. En aquel lugar vivía también David, un muchachito alegre que se pasaba todo el día cuidando las ovejas de su familia, las llevaba a lugares donde hubiera buena hierba para comer y agua para beber.

David solía ser un niño alegre, jovial y entregado de buenas maneras a la felicidad de los demás. Goliat era todo lo contrario, esgrimía bravuconerías, atemorizaba a todos por su forma de comportarse y su risa a carcajadas desafiaba al resto de la humanidad.

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Un día, siglos más tarde, David De Gea perdió la risa, las ganas de divertirse, de llevar alegría a su entorno y cayó en la infelicidad al no poder comprender que la vida tiene sus altibajos. Que nada está asegurado de cara al bien y que en el mal ajeno los propios se regocijan. La vida siguió su camino y él se quedó mascullando su infortunio.

Lo que le sucedió al joven portero español en Sochi ante Portugal, no es más que el resultado de ciertos momentos que una persona en ciertas ocasiones no puede digerir con solvencia. La falta de experiencia, de aplomo en situaciones límites, necesita de una madurez que el guardavallas del Manchester United inglés no demuestra tener por diversas razones.

Martín Onti: Una sorpresa tras otra

Es verdad que De Gea puede haber incurrido en errores que se cometen cuando se es demasiado inexperto y no se pone en real perspectiva situaciones que para cualquier mortal pueden ser ‘normales’. Sin embargo, el portero de la Selección de España, fuera de esa consideración, ha incurrido en comportamientos que no son admisibles en profesionales de ese tipo.

Las situaciones de vida suelen ser un baremo de medida para entender a las personas, a sus problemas y a la enunciación de los mismos. Con respecto al joven David, se tiene en cuenta una tan larga como dañina lista en la que hubo denuncias en su contra por teóricos incumbencias sexuales tiempo atrás; acusaciones que pusieron en peligro su idílica relación sentimental; cierta frustración al no poder regresar de su exilio deportivo al fútbol español; y, recientemente, acontecimientos de inestabilidad interna en el seno del seleccionado nacional con la partida de Julen Lopetegui.

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De Gea debería comprender que la vida continúa y la sonrisa debe regresar a su rostro porque con ella volverá la alegría a un grupo que demuestra entereza en la adversidad. David debe al menos enfrentarse a su propio Goliat. España y él mismo se lo deben a la gente que confía en que así sea.

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