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Martín Onti: River-Boca y Borges

Un famoso poema del escritor argentino Jorge Luis Borges, llamado Buenos Aires, siempre dejó acuñada en mi memoria aquellos singulares versos que decían ‘Aquí mi sombra en la no menos vana sombra final se perderá, ligera. No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto’ y que dibujaron para mi, desde entonces, la realidad intangible de la ciudad sudamericana.
 
Habría que citar más seguido a tantos ilustres que describen un espacio tan complejo como la capital argentina, para comprender, antes del verdadero espanto, un sentimiento que siempre irá por delante de cualquier realidad, fuese esta cual fuese. Si algún lugar no tiene mejores palabras para explicar sin más lo que es, ese seguramente será Buenos Aires después de los poemas de Borges, más aún, e inclusive, que el propio tango.
 
No se debe intentar recomponer una idea cuando está construida sobre el vacío forzoso de un sentimiento, ese mismo que deja la incomprensión de un espacio, de un lugar, librado a lo insondable de sitios sólo comprensibles a través de latidos personales. No se puede intentar enmarcar definiciones formales que nos permitan palpar caprichosamente una figura cuando esta no es otra cosa que un fantasma.
 
La importancia de entender a Buenos Aires, para hablar con propiedad de la finalísima River-Boca de Madrid, nos remite a un eximio conocedor de sus más profundas cavidades para tener una cercana esperanza de aspirar a compartir una sensación aproximada del verdadero significado de este partido de fútbol. Un encuentro de sentimientos único en el mundo, rodeado de especiales circunstancias emocionales que contagian esa extraña sensación de acariciar lo desconocido.
 
Nada se le podría agregar a esa ridícula e inapropiada distancia que separa el estadio Monumental porteño del Santiago Bernabéu madrileño, nada que no sean los versos de Jorge Luis Borges para acercarse a conocer la fatalidad de la historia. La pasión, en su más puro estado del alma, no entiende de discursos ni de ninguna otra descripción que no sea la sabia expresión de un conocedor del absurdo porteño. 
 
Bien se podría jugar este clásico en silencio, al menos en cualquier rincón de un extenso país amante del fútbol como Argentina donde de igual manera, o quizás mejor, se podría disfrutarlo con placer en medio de la mayor de las vorágines existenciales. El espanto tiene esas cosas inexplicables que sólo Buenos Aires puede vivir a través de esos poemas de Borges tan necesarios para entender este River-Boca en la lejanía física de Madrid.
 

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