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Martín Onti: La frontera de la tristeza

Muy a pesar de que la gran mayoría de los medios de comunicaciones argentinos se empeñen en imponer desde sus páginas y micrófonos el gran clásico sudamericano entre Boca Juniors y River Plate, nada está más lejos de la realidad que la esencia perdida del balón. Hay fronteras que se cruzan en algún momento y en ese cruce se rompen puentes de fácil acceso para un regreso a lo que solía ser algo. Eso es precisamente lo que hace un buen tiempo desapareció en Argentina para disfrutar del purismo del juego.
 
Lejos han quedado aquellos días en que a pesar de la añeja rivalidad, se disfrutaba un Boca-River de manera muy singular. El respeto imperaba a pesar de tremendo deshonor en el que nadaba el perdedor la semana posterior al clásico. Había inocencia a pesar de la agresividad. Hoy podríamos decir que sólo puede agresividad sin inocencia, y menos respeto.
 
 
 
Nadie sabe muy bien en qué preciso momento se quebró el hechizo de estar pendiente del partido por semanas, meses, inclusive desde que se conocía la fecha del calendario en que la alegría se dibujaría en las gradas de la Bombonera xeneixe o del Monumental riverplatense, o de cualquier otro estadio argentino donde se enfrentaran ‘bosteros’ y ‘millonarios’.
 
Hoy Argentina no puede enorgullecerse más allá de las fronteras que le demarca la violencia y los desencuentros que todos fueron ayudando a forjar poco a poco. La política inmiscuida atrozmente en el fútbol comenzó a servir de plataforma a los poderes de turno. Los aficionados pasaron a ser gamberros con colores del dinero que recibían por alentar afuera de los límites debidos a quien ponía el odio en sus bolsillos y donde la posesión de un escalón significaba estar en un lugar privilegiado.
 
Es verdad que este primer encuentro en el barrio de Quinquela Martín, en ese vecindario pintoresco donde el poder del más fuerte somete al menos preparado en ese ambiente. Boca tiene allí la posibilidad de sentirse vencedor de antemano por una forzada norma local de imponer la inexistencia del visitante que se pierde de ver a su equipo para disfrutar a gusto, aunque nada esté asegurado desde la frialdad estadística sino hasta el final de este partido de ida.
 
La vuelta tendrá más de lo mismo, excepto que en el ‘pituco’ barrio de Nuñez la parcialidad de River dispondrá de su ocasión para cerrar una final que engrosará la variada historia del fútbol argentino, marcando una fecha que pasará a los anales de este deporte que, literalmente, define la vida de una nación.
 
Cualquier cosa puede ocurrir en una guerra a dos batallas… y por ‘guerra’ se debe entender todo lo imaginable en un período político-social muy difícil de comprender y evaluar en una Argentina donde cada uno de estos adversarios representa los polos opuestos de la triste realidad actual.
 

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