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Piqué y Vermaelen

Martín Onti: Mentalidad y entrega

Muchas son las variables que cuentan para definir a un equipo de fútbol en su todo. Desde lo general a lo particular. Como primera medida, debemos considerar el aporte institucional, luego su historia, la calidad de sus integrantes y la forma de expresarse futbolísticamente de estos para sacar conclusiones finales. Luego está el aporte de los detalles técnicos que dependerán del provecho que su entrenador pueda gestionar en sus futbolistas para conformar un equipo de éxito.

Pero, al margen de la calidad indiscutida que entidades con peso económico tienen para lograr objetivos deportivos, se debe tener en consideración el espíritu de esos hombres que marcan diferencia en cualquier aspecto importante de la vida. El carácter, la personalidad, ese sentir interior que diferencia a unos de otros en este particular concepto, viene marcado por el nivel de ‘testosterona’ que se demanda desde la grada y que no muchos jugadores -y técnicos- pueden ofrecer en una elevada proporción.

He visto infinidad de juegos como para notar que a través de los años, ha habido distintas conformaciones de escuadras con más o menos aporte de personalidades que han marcado época. Algunos se han hecho fuerte a lo largo del tiempo y esa marca registrada les ha quedado como herencia. De repente recordar a aquel conjunto rojiblanco de Diego Simeone y su fiereza para jugar, se ve reflejado en este de la actualidad que el mismo ‘Cholo’ conduce ahora desde el banquillo.

Ha habido también otros clubes que ya tienen un carisma particular en el mismo sentido que el Atlético de Madrid. El Athletic de Bilbao y el Real Madrid se le acercan en dicho concepto. Pero también, y ‘tocado’ por la mano de sus entrenadores -circunstanciales pasajeros de banquillos temporarios- se han conformado onces de respeto y ‘casta’... para que se entienda a donde voy.

Pero, no todo es lo mismo en el fútbol -como en la vida- y en ocasiones esas almas de caracteres pasivos imponen otra imagen cuando no siguen a un líder de bravura espiritual que se sume a lo futbolístico y poder así consolidar un equilibrio de equipo respetable.

En este sentido hay instituciones, como el Barcelona de los últimos años tras la salida de Carles Puyol, que no tienen esos hombres de ‘fuego sagrado’ en que sus compañeros puedan apoyarse para superar instancias de fracaso en corto tiempo. Estas, sin esos líderes, son escuadras que no pueden superar la adversidad desde el contratiempo repentino y les cuesta sobrevivir al naufragio de un mal resultado.

El partido por la ida de cuartos de final de la Copa del Rey ante el Espanyol, ha sido un fiel reflejo de esa pasividad en la que el conjunto de Ernesto Valverde cae cuando algo inesperado sucede. El penalti detenido por Diego López a Lionel Messi fue el punto de partida de un final presagiado que todos deducíamos sin Puyol en el campo de juego. No ya solamente por el resultado del encuentro, sino por el devenir de conductas debilitadas por la flaqueza mental y acotada entrega emocional de los jugadores azulgranas, a pesar de un poco de Piqué y Vermaelen.

Martín Onti

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