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Martín Onti: La historia del hámster

Si un hámster es puesto siempre en la misma jaula, o todo lo que se le parezca a ella, su actividad se reducirá a la que ha sido entrenado. No se le educó a más nada que girar en un sentido en esa rueda que es -al margen de su alimento diario- la única tabla de salvación a la que aferrarse para su subsistencia. Obedece a ese instinto porque no tiene opciones de convertirse en Sapiens. En su tortuosa ceguera, su objetivo es sólo andar, porque con eso le basta.

Cuando vemos jugar al FC Barcelona, y no desde ahora con Ronald Koeman sino desde hace bastante tiempo atrás, la imagen del hámster se aparece en el horizonte. El rondo tan mentado parece de repente haberse transformado en esa jaula con una rueda como símbolo existencial del pequeño roedor.

No se trata de hurgar en detalles marcados por la evidencia de tiempos convulsos. Pero es lo suyo reconocer que, en tal caso, todos estamos subidos a este viaje y con las mismas normas. Lo que le sucede al Barça, le pasa al Real Madrid, al Atlético, al Sevilla y a todos los demás equipos en el fútbol español… y del mundo.

Girar siempre para el mismo lado como panacea del juego, ha servido para abrazar esta confusión en la que se encuentra la entidad azulgrana a día de hoy. Jugarle a este sistema, ya no voy a decir equipo por más que juegue con tal o cual futbolista, es aplicar la regla de la simpleza que dos dedos de frente le otorgan al adversario.

El rondo como método ha fracasado. Lo demostró Luis Enrique con el seleccionado nacional dándole tintes de profundidad a esa vetusta horizontalidad que en Can Barça se niegan a ver. Puede haber razones justificadas para ello, pero, hacer centro siempre en ellas sólo conduce a este fracaso que vimos en el Ramón Sánchez Pizjuán ante el Sevilla de Julen Lopetegui.

Anoche en la capital hispalense, el Barcelona terminó encerrándose en la impotencia que marca su falta de efectividad para crear situaciones de gol. Su dependencia de Messi es tan notable, que la sola idea de que el argentino abandone el Camp Nou pone a temblar a todo el estamento culé, y no solamente en Cataluña.

La flaqueza defensiva blaugrana es manifiesta y preocupante. Ter Stegen entra en pánico cuando ve enfilar a un rival hacia su portería porque no desconoce la debilidad de Busquets en el medio, ni la condicional ayuda de Pedri o De Jong y compañía, como tampoco la de un sobrevalorado Umtiti y una línea defensiva de espanto que, encima, se posicionan a 30 metros del meta alemán.

Sin embargo, el día después en San Joan Despí, en su ciudad deportiva, el Barça vuelve a insistir ni bien salta al entrenamiento en su rueda del hámster. Regresan al rondo que les condena a no abandonar esa zona de confort que hace ya bastante dejó de serlo.

Martín Onti

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