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Martín Onti: La frontera qatarí

PORTO ALEGRE, Brasil.- No se debe considerar hoy a la Selección de Qatar como un adversario de tantísimo cuidado. No seamos necios, porque desde el punto de vista futbolístico el país sede de la venidera Copa del Mundo de Fútbol no reúne atributos para ser considerada ni cercana a una potencia en este deporte. No porque lo diga la historia, sino porque las estadísticas no nos permitirán vender gato por liebre por más disfrazado que nos propongamos vender al gato.
 
Pues bien, a ese manojo de creaciones manipuladas se enfrentó Argentina anoche en Porto Alegre para, dependiendo de los resultados de esta última jornada en fase de grupos de la Copa América, encomendarse a la continuidad en este torneo y, a la par y sobre todo, intentar doblegar sus miedos.
 
Hoy, en este traumático presente brasileño, el seleccionado albiceleste que dirige Lionel Scaloni es un fiel reflejo de sus temores futbolísticos. La profundidad de un análisis, que no se aleje del concepto terapéutico, es absolutamente necesario para entender el momento por el que pasa la bicampeona del mundo toda vez que ingrese a un terreno de juego.
 
Si este campeonato se jugase en los entrenamientos, en el lobby del hotel, en las charlas amigables entre miembros del conjunto argentino, en las cómplices reuniones de las habitaciones y entre las bromas risueñas de cualquier situación afín, les aseguro que Argentina sería Campeón de América… pero no, porque en algún momento hay que saltar al campo de juego y disputar un partido en serio, por los puntos, y con rivales de ocasión que pueden no ser tan desafiantes como la ya traumatizante condición de hacerlo ante los ojos del mundo.
 
Allí es cuando esta Argentina de Lionel Messi entra en ese pánico que la tiene atrapada mentalmente en un mar de incertidumbres y un miedo letal al fracaso. Su ‘problema’ no es futbolístico, no puede ser futbolístico. No podemos ignorar que la gran mayoría de sus integrantes son jugadores que triunfan en lo más granado de este deporte. Hombres consolidados en la élite del juego y que con la camiseta celeste y blanca se asemejan a duendes perdidos sobre un rectángulo de césped convertidos en legítimas sombras.
 
La esencia busca su causa de manera frenética entre quienes hemos visto fútbol desde hace ya mucho tiempo, y el error radica en buscar ese origen en la pelota cuando las causales no radican en el balón. Por eso la frontera no se puede llamar Qatar, porque existe una historia que se gestó con otros valores que fueron a través de los años la base de este escrito.
 
Nadie le regaló nada al fútbol argentino. Desde los tiempos de Di Stéfano, Sivori y Cesarini, pasando por Maradona, Batistuta y Redondo hasta llegar a Messi y Agüero se ganó un lugar a fuerza de sacrificios y esfuerzos que hoy se están tirando por la borda. El miedo existe, siempre existió, y está allí para ser superado cada vez que se lo enfrente, por eso la frontera, con el debido perdón a Qatar, no pueden ser ellos.
 

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