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Martín Onti: El indiscutible Muhammad Ali

MADRID, España.- Recuerdo mis años jóvenes, en el inicio de mi carrera periodística, cuando en una ocasión acudí al viejo foro de Inglewood, California, acompañando a un entrañable amigo que transmitía peleas de boxeo. Habían traído a un novel y bravo boxeador desde Argentina a cuyo vestuario ingresé antes de este que subiera al cuadrilátero. En ese camerino, esa misma noche y a partir de la triste mirada de aquel hombre, pude darme cuenta de muchas cosas que aniquilaron mi gusto por este deporte.
He admirado, y admiro, al deporte en sí. Tengo una larga lista de deportistas que llamaron mi atención con asombro a lo largo de mis días, y hasta diría con una fascinante y desmedida sensación a la que debía ponerle ecuanimidad a la hora de hablar sobre ellos, sobre todo para no parecer un fanático sin control cuando debía mantener la imparcialidad que requieren unos principios a los que trato de ser fiel, por más que las vísceras me pidiesen a veces otra cosa.
 
Sin embargo, hubo una sola persona con la que jamás me controlé al hablar sobre él. Muhammad Ali, nacido Cassius Marcelus Clay Jr. por un error que él mismo se encargó en plena vida de corregir, fue esa persona que me otorgaba libertad total al expresarme porque será, para este servidor, el indiscutible mejor deportista de todos los tiempos que nadie en su sano juicio se puede atrever a discutir.
Podría hablar de todas y cada una de las aptitudes de Ali sin temor a la equivocación; de sus exquisiteces físicas; su extraordinario don técnico; de su fortaleza mental; su inteligencia estratégica; o de la manipulación de los espacios y tiempos sobre el ring-side; del control de los medios de comunicación antes y después de cada batalla; de las situaciones más dispares a que un atleta de elite debe enfrentarse en paralelo al exclusivo momento del enfrentamiento en sí. Y en todas ellas les prometo, fue un eximio ejecutante.
 
En este negocio del boxeo, nadie pudo jamás acercarse a su sombra siquiera. Con la sabia autoridad que ellos mismos permiten, nunca existirá ningún campeón que discuta la autoridad absoluta que Muhammad Alí ha tenido no sólo en el boxeo sino en el amplio espectro del deporte mundial, arriba o abajo de un encordado, con o sin guantes, gesticulando a voces o con el eterno silencio que ahora guarda.
Anoche desde la distancia, en Phoenix, Arizona, aquellas imágenes de Inglewood volvieron a traicionarme, y sé, casi con seguridad, que fueron las últimas que conscientemente me permitiré en esta profesión.
 

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