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El campeón del mundo de boxeo que reparte comida por el coronavirus

MADRID, España. “Hola. Soy Javier Castillejo y le traigo su compra”. Esta frase la oyen muchas personas mayores de Parla (Madrid) cuando abren la puerta de sus domicilios para recibir su comida.

Aunque no necesite presentación. ‘El Lince’ es el boxeador español más laureado de la historia siendo campeón del mundo en ocho ocasiones en dos categorías diferentes, peso superwelter y medio.

Castillejo no ha dudado a la hora de poder echar una mano en la crisis que vivimos con la pandemia del coronavirus y a través de Cruz Roja acerca productos alimentarios a la gente mayor, considerada población de riesgo, de su Parla natal que gracias a su exitosa carrera como boxeador llevó por todo el mundo.

“Yo ya llevaba tiempo en la Cruz Roja. Hice un voluntariado hace tiempo. Luego lo dejé y ahora por las circunstancias he vuelto. Creo que hay gente que necesita esa ayuda y me ofrecí para echar una mano. Siempre he intentado ayudar a las personas y en este caso más aún”, dijo en declaraciones a EFE.

Además de proclamarse ocho veces campeón mundial, Castillejo tiene en su haber seis campeonatos de Europa y tres de España. Éxitos que le hicieron ser conocido en todo el país, y más todavía en su localidad en la que, ahora, muchos de los que siguieron sus éxitos en la plaza de toros de La Cubierta de Leganés, un emblema de la era de oro del boxeo español, y desde la distancia cuando fue a Estados Unidos a pelear contra algunos de los mejores de la historia, le ven cuando abren la puerta de sus domicilios.

“Algunos se quedan sorprendidos y miran alrededor por si estuviera alguna cámara, como si fuera una broma. Y les digo que no se preocupen, que no pasa nada, que estamos aquí para ayudar y le traemos la compra que usted ha pedido”, comenta a EFE con una sonrisa. Semanas de confinamiento que dejan historias duras que se quedan marcadas en la memoria: “Impresionan las personas mayores que no pueden salir por su edad avanzada.

La primera vez tuve que llevar alimentos a casa de una señora que tenía cerca de 90 años. Abrí la puerta y me recibió con un andador, apenas podía andar la pobre, y eso me chocó. Me tocó el corazón.

Luego la mujer nos quería dar alguna propina y le dijimos que no, claro, que no queremos propina ni hay que darla”. “Te quedas de bajón”, continuó, “piensas en esas personas mayores que están en casa encerradas solas y que no tienen a nadie. Además del problema de salud que estamos pasando con este virus, la soledad es también fastidiada para estas personas”.

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