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Martín Onti: Lo inexplicable

MADRID, España.- Ya en su etapa de definición, esta actual edición de la Copa América que se juega en Chile comienza a dejarnos situaciones que van de la mano de lo inexplicable. Desde la vehemencia caprichosa en las reacciones de Neymar, que le cuestan cuatro partidos de suspensión, a la eterna desaparición sobre un terreno de juego de Lionel Messi.

El primero de los hombres del Barça, retratado en su irascible comportamiento verbal en el encuentro ante la Colombia de José Pekerman, y el segundo, en su marcada inconsistencia toda vez que se calza la camiseta de la Selección Argentina y decide desaparecer del juego.

En el caso del capitán del combinado nacional de Dunga, no nos resulta tan extraño su manera de actuar habiéndole visto comportarse de una forma similar en el ganador del triplete esta temporada en el fútbol europeo, con una actitud de marcado grado reprochable. Neymar asume que la razón pasa necesariamente por él; que su punto de vista es el que vale; y que obligadamente presionado por su fama de estrella mediática, su accionar es el adecuado; que puede ‘despacharse’ contra quien piense opuestamente a sus criterios; y que los estamentos del fútbol deben estar a sus pies tanto como el balón que domina con exquisita técnica básica individual.

El caso del capitán argentino es distinto. No podríamos estar hablando de actos de indisciplina como de los que incuba su compañero de club, pero, no sabría decir que es más negativo para sus divisas patrias, si el brasileño que se transforma en un bumerang para la ‘Canarinha’ desde su iracunda soberbia, o Messi que lo hace desde su parsimonia, desde su escondite de confort sobre esa banda derecha que es más un castigo para su técnico que una variante de ataque a la portería adversaria, desde allí se abstrae del mundo que le rodea y la actitud de pasotismo futbolístico le va convirtiendo en un tirano que contagia al último de los espectadores de un partido tornándolo en somnoliento.

Ambos cracks se han alejado en esta Copa América del espectáculo que prometía ser, desde la sola mención de sus participaciones con Brasil y Argentina respectivamente, eran más los pensamientos de disfrutar del fútbol en estado de alegría, que estas demostraciones de presencias eyaculadas desde la creencia que sus recientes actuaciones a nivel europeo, le darían un nivel principesco a este torneo.

El paulista ya se despide desde la realidad de no poder ser útil a la “Verde-amarela” en su sueño de conseguir el trofeo, y el rosarino, vistiendo la albiceleste, insiste en jugar al hombre invisible con la anuencia de un estratega tan permisivo como lo fue cuando dirigió al FC Barcelona hace sólo un par de años atrás, cuando lo condujo a un fracaso tan estrepitoso como rotundo fue su despido anunciado de la entidad catalana.

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