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Sáb.Ene.16 5:00 PM EST
El árbitro brasileño favoreció a Chile

Martín Onti: El regreso del terror

En un momento en que nada está para ser cuestionado en el fútbol mundial, va y se juega este Chile frente a Uruguay en el Estadio Nacional de Santiago por los cuartos de final de la Copa América. Entre las sombras del terror dormido entre sus paredes después de que Augusto Pinochet tomara el Palacio de La Moneda, el 12 de septiembre de 1973, aparece un tal Sandro Ricci para administrar impunidad justiciera, una vez más, sobre el verde césped de su terreno de juego.

No haremos hincapié en el desarrollo futbolístico del partido en sí, obviaremos el hecho de ponernos de acuerdo entre si fue mejor gestionado el dominio más sutil del balón que apreciamos en el seleccionado del argentino Jorge Sampaoli, o la exacerbante espera estratégica del equipo de Óscar Washington Tabárez para llegar a un final que no era el deseado por las conveniencias.

Sin embargo, nos quedaremos con la curiosidad de un arbitraje que nos pareció, desde un punto muy personal eso sí, ciertamente tendencioso y especulativo, tan inteligente cual condescendiente, y quijotescamente artero como efectivo. Así se vio el encuentro desde afuera con una conducción del silbante brasileño que sembró dudas durante el transcurso del juego y certezas toda vez que concluyó. Con el venerado triunfo local ante la lógica algarabía de su gente en el cemento de unas gradas que aún trasuntan la demencia pura de la pena ocasionada hace unos 32 años atrás, Chile festejó su paso a semifinales reproduciéndose ese silencio sepulcral en medio de una alegría que nadie quiere cuestionar. 

 

Dentro de un mutismo que se ahoga a gritos cerrados en cada rincón de esta Copa América, un trofeo que jamás ha podido saborear el país anfitrión del evento, llegó el minuto 62. La jugada cuestionada, encuentra al árbitro Ricci de frente abierto, sin tapujos, a la acción en que el ‘Nazareno’, como Jesús, mira al defensa chileno Gonzalo Jara parado detrás del delantero uruguayo Edinson Cavani como autorizando a que la ‘acción’ debe iniciarse sin demoras. Décimas de segundo separan entonces el dedo de Jara del trasero de un Cavani, que con sus fantasmas familiares a cuesta, reacciona instintivamente como lo hubiese hecho cualquier mortal en tal incómoda circunstancia, para dar paso a una tarjeta roja que decantó la victoria de Chile.

 

El resto fue sólo esperar el resultado deseado, apurar el paso del tiempo para que comience a borrarse la herida, y encomendarse a una secreta confesión toda vez que arribe el día del juicio final en búsqueda del olvido… tal cual aquellas sombras fantasmagóricas que continúan surcando dolorosamente por los siglos de los siglos, los más recónditos y penosos escondrijos del Estadio Nacional de Santiago de Chile.

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