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La decisión de Canelo Golovkin no es un robo descarado

LAS VEGAS, Nevada (cobertura especial).- Un escándalo. Una decepción magnífica. Una contradicción. Una polémica. Una rabieta. Una… Mejor no sigamos porque entonces se vienen los p&^**(%xzos. 
 
 
Por lo general reaccionamos mal luego de que pasa lo que no queríamos, lo que no pensábamos posible y sobre todo, reaccionamos mal ante lo que trastoca nuestro concepto propio de la verdad. Suele suceder que nos creemos dueños de la verdad y a veces somos indiscutibles. 
 
Pronunciamos “Golodnik” o decimos que el Canelo es de Juárez con la misma facilidad que declaramos a equis o ye ganador. 
 
 
 
Si somos honestos, en líneas generales no se sabe quién ganó entre Gennady “GGG” Golovkin y Saúl “Canelo” Álvarez. Si reúnes a 15 personas, en un grupo diverso por supuesto, lo más seguro es que una tarjeta mezclada, como batido sacado de licuadora, también resulte en empate. No hay injusticia aquí, lo menos cruel era un empate, ambos tuvieron méritos. 
 
El escándalo de la tarjeta de la jueza Adelaide Byrd es otra historia. Haber visto ganar a Golovkin apenas dos asaltos es lo único desatinado de la decisión final. De hecho, es de estudio y consideración. Algo hay que hacer.  
 
Pero resulta, dentro de nuestra realidad real y no la alterna en la que habitó Byrd anoche, que esta es una de esas peleas que si la inclinas ligeramente hacia un lado esta bien, y si lo haces hacia el otro también está perfectamente bien. Es una pelea memorable que está para cualquiera. 
 
 
Canelo Álvarez dio la pelea de su vida. Su planteamiento estratégico fue casi óptimo. Esos asaltos de los tramos intermedios en los que parecía que Álvarez se neutralizaba fueron de estudio. El mexicano medía qué tanto poder tenía su rival y de paso le tomaba el tiempo, esa parte casi indescifrable que en inglés se resume en “timing”. Abusó un poco del estudio Canelo. Se hizo adicto de hacer eso sobre las cuerdas hasta un punto peligroso. Salió tarde de esa fase estratégica y despertó un tanto tarde al final. 
 
Gennady Golovkin recibió impactos que jamás en su carrera profesional había sentido. Ver la quijada del Triple G volteada más de una vez fueron primicias. En el décimo asalto llegó a tambalearse Golovkin, quien sin embargo fue el agresor de la noche. Nunca paró el de Kazajistán su insistencia de ir hacia adelante. Golovkin, para efectos del boxeo, es el tipo más parecido a un tanque de guerra, es una suerte de máquina que va hacia adelante, siempre disparando y es casi imposible de evitar y en óptima instancia vencer. Falló más que nunca GGG contra el Canelo, pero jamás dejó de intimidar. Su fuerza es insólita tanto para golpear como para asimilar.
 
Haber anotado este choque ligeramente a favor del Canelo no es una locura. Haberlo hecho a favor de Golovkin tampoco lo es. Un resultado igualado, con tarjeta de seis rounds por lado no es descabellado. Lo de Adelaide Byrd sí lo es. 
 
El boxeo tiene que revaluar a algunos de sus jueces. El boxeo tiene que revaluar su sistema de anotación. Eso queda claro. Pero esta pelea no fue robo vulgar, descaro, sacrilegio y cuanto epíteto salga por ahí volando. El resultado fue lo más justo.
 

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